Constanze Sixt  y Andrzej Gwizdala Huellas

 

19 de marzo - 28 de julio 2018

El barrio de El Toscal de Santa Cruz de Tenerife es un lugar que se distingue por su peculiar trazado de viviendas bajas con patio, mayoritariamente de principios del siglo XX, formando ciudadelas con patios comunes y calles privadas. Desde 2007 es Bien de Interés Cultural (BIC).

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En la actualidad El Toscal sufre un proceso de deterioro que se caracteriza por una gran cantidad de viviendas abandonadas que están siendo colonizadas progresivamente por la vegetación y los animales salvajes. Silenciosamente se está expandiendo una jungla urbana que incorpora azoteas, tejados, patios y jardines, extendiendo los vacíos entre las edificaciones. Este proceso de percolación paulatino está conquistando manzanas enteras, convirtiendo las formas dentadas y atomizadas que configuraban los espacios libres de las manzanas, en grandes superficies continuas interconectadas. En este proceso, los vacíos interiores, tanto jardines como restos de muros y habitaciones de viviendas, se invierten en exteriores. Tiene lugar una exteriorización de lo interior e íntimo.  

Paseando a través del bosque edificado, se percibe la existencia paralela de dos mundos inconexos: el silencioso espacio de las ciudadelas, caído en el olvido, se encuentra enfrentado a la actividad de las edificaciones actualmente habitadas, muy diferentes en altura y volumen, que generan una nueva cartografía.

Al recrear el espacio vacío del interior de las manzanas edificadas vacantes, compuesto por patios, jardines, edificación ruinosa o desaparecida, excavaciones, el proyecto quiere hacer visible las huellas de un mundo perdido, que, a la vez, se pueden convertir en las huellas de un posible futuro.

En la instalación, el espacio vacío o desmaterializado de la manzana vuelve a materializarse a través de maquetas de hormigón – un material convencional de la construcción moderna. Al llenar los vacíos, ampliándolos hasta una altura que recoge la altura máxima edificable, según el plan general, el hormigón tiene un papel ambiguo, es testigo del pasado y, a la vez, anunciador de un posible futuro.

Las maquetas expuestas se convierten en huellas espaciales que dejan a su vez una huella, una sombra, mostrando así el mecanismo de una arquitectura de la desaparición.